Sin Categoría

Como dice el otro…

Se apagó como ella deseaba. En su casa, con sus hijos y después de un sueño profundo del que nunca despertó. 93 años son  muchos años. Esta es la frase que todos nos ponemos en la boca cuando hablamos de los abuelos de otros. Cuando son los abuelos de uno, la cosa cambia un poco. Uno no pierde la lógica aplastante de que nadie es inmortal y que por supuesto,  tiene y debe suceder porque es ley de vida. Sin embargo, ahora que estoy viviendo ese momento, observo que nos justificamos con ese “era muy mayor” para que en cierta manera se entienda que lloramos racionalmente.

La racionalidad en la pérdida de un ser querido no existe. Duele. Da igual la edad que tenga esa persona, lo querida que haya sido o lo mucho que la vida le haya permitido vivir, como es el caso. Lo que realmente cambia cuando sucede, es que uno llora porque se siente afortunado de que esa persona haya podido vivir todas esas cosas contigo. Lo que sentimos es una profunda emoción y no frustración e injusticia como en otros muchos casos.

La mayoría de nosotros queremos en mayor o menor medida a nuestros abuelos o eso me gustaría pensar. La vida que nos ha tocado vivir nos ha hecho convivir con ellos de forma regular en mi generación y en la presente, más de los que a sus padres les gustaría.

De todos modos, muchas veces, no es el roce el que hace el cariño. En mi caso, mi abuela y yo teníamos una especie de magia inexplicable que fluía cada vez que estábamos  juntas. Nos entendíamos. Simplemente eso. Era uno de esos casos de parejas con escasos elementos en común pero profundamente conectados. Era nuestra magia.

Mi abuela nunca se espantaba con lo que le contase por muy incomprensible que le resultara para su edad, y si lo hacia, casi siempre, se acababa riendo. Disfrutábamos viendo películas, hablando de todo y de nada.

 Su cara se iluminaba cada vez que me veía entrar por su puerta.

Por desgracia, en los ultimos años, eran menos  las veces que lo hacíamos físicamente. La distancia te hace desear ser omnipresente  pero al igual que la inmortalidad,  tampoco es algo posible. Nuestra relación se convirtió en breves conversaciones telefónicas por su deterioro, en la que no faltaba su única coletilla en español que empezaba con un “como dice el otro” y acababa con un “ben”,”tirando”, “regular” y, ya al final, “moi mal”.

Estas 4 respuestas han ido dirigiendo mi relación emocional con ella y aumentando, si cabe más, nuestra conexión.

Echando la vista atrás como se suele hacer en estos casos, nuestro camino conjunto no fue fácil. Como buena matriarca gallega de esa generación y por sus circunstancias , era dura como el hierro y el cariño y la dulzura eran su talón de aquiles. Pero yo, más cabezona que ella, nunca me rendí. En mi casa se vivía el significado de esas palabras con mi madre y hermanos y sabia que podia conseguirlo si insistía.  Asi que me dediqué a robarle besos y abrazos durante la mayor parte de mi infancia  hasta que entendió que el cariño se demuestra, es importante y es necesario.

Tal vez pensar en esta lucha personal por ablandar un corazón blando pero con coraza me tenga tan profundamente triste y emocionada. Tal vez esta misión me ha hecho quererla durante toda mi vida mucho más de lo natural.

Hace unos 5 años, entre achaque y achaque, tuve una hermosa conversación con mi primo Javi . En ella me decía y me quedó grabado que por lo que le pudiera pasar, le iba a decir siempre que la quería cuando hablase con ella. Yo me lo tomé al pie de la letra porque pensé para mí que era la última fase de mi reconversión. No podían ser solo besos y abrazos lo que recibiera de ella, tenían que llegar las palabras de amor a su boca. Y así lo hice. Todas y cada una de las veces que hablaba con ella y  tocaba despedirse yo le decía “abuela, te quiero mucho”.  Su respuesta automatica traducida al castellano de mi manifestación  de cariño  era ” y yo también a vosotros”.

El pasado miércoles, unas horas antes de entrar en ese sueño profundo y yo a punto de coger el tren de vuelta, me puse de rodillas en frente de ella, le agarré despacito la cara, le di muchos besos  y le dije: ” abuela, me tengo que ir. Te quiero mucho”  Ella me correspondió a esos besos, sujetó la mía como pudo y me dijo:

“Eu tamén a ti”.

Se llamaba Juana, y era mi abuela.

 

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